Y LOS HOMBRES SE OLVIDARON DE LOS DIOSES


Hacía tiempo que no escribía en este blog. Sucede que he estado agobiado con tanto trabajo. Una conferencia aquí, otra allá, revisión de tesis para alumnos, lectura de capítulos en otros casos: muchas veces muy largos, extremadamente largos. A veces creo que sólo leo ya a mis alumnos y que lo que tengo yo que leer es casi nulo porque no me queda tiempo. En fin, no debo de quejarme porque a fin de cuentas esto es lo que me gusta. He renunciado a muchas cosas por lograr alcanzar esta clase de felicidad y el tiempo me ha dado la razón pues he sido inmensamente feliz en mi mundo académico.
Terminé hace poco con el III Congreso Internacional de Filosofía y Psicoanálisis (Con)fines del arte, fue inmejorable. Hubo sus cosas pero no hay por qué quejarse, ¿o no? Supongo que no, que no debería de hacerlo. En fin. Diré que luego nos fuimos al Congreso sobre fenomenología y Ontología sobre la técnica. Me encantó. Estuve francamente muy contento porque conocí a una serie de filósofos muy interesantes: Carlos Másmela es uno de ellos. Es un señor increíble. Su trabajo es realmente impecable.
Yo dejaré sólo la entrada de mi ponencia aquí: Y los hombres se olvidaron de los dioses
En la frase “hay información”, como señala Sloterdijk (Sloterdijk, 2001), hay mezcladas otras frases: hay sistemas, hay recuerdos, hay culturas, hay inteligencia artificial, podríamos decir que igual todo ello conforma lo que en su momento Deleuze llamó “dispositivos”, es decir, líneas de lo visible y lo decible, regímenes definibles, con sus variaciones y transformaciones. De esta manera, cuando señalamos que “hay genes”, como una forma de dar a entender que el “genoma humano” es casi un hecho ya en nuestras vidas, esa simple frase sólo puede ser comprendida como el resultado de una escenario nuevo: muestra la transferencia exitosa de un espacio a otro. Y ésta es una ganancia que permite abordar poderosamente la realidad, y de pronto nos hace comprender que el interés en figuras de la teoría tradicional tales como la relación sujeto-objeto, verdad, realidad, libertad, posibilidad, materia, forma, esencia, accidente, entre otras, disminuya. Incluso la constelación de yo y mundo pierde mucho de su prestigio, sin hablar de la gastada oposición individuo-sociedad.
Nadie podría haber asegurado que este escenario, uno entre muchos, se hubiera gestado por el descuido u omisión de un personaje que señala el desaseo de un principio en nuestra historia y que está ya narrada en el mito. Y no es cualquier cosa, porque “...los mitos tienen una función significativa en la vida de una sociedad primitiva o arcaica: explican el mundo, justifican los hábitos y los ritos, ofrecen las causas de las pautas de comportamiento y relatan por qué las cosas son de un modo determinado” (García Gual, 1992: 82). Nicole Loraux nos decía que “… los mitos están presentes en todas partes; manifiestan el espacio de la ciudad, donde dibujan los recorridos, donde forman las constelaciones, complejos nudos de tensiones y de relaciones” (Loraux, 2007: 57). Esa función significativa, esas constelaciones dibujadas en los recorridos que restauran la memoria de los pueblos son las que hacen de Prometeo el padre mitológico de la técnica y del progreso tecnológico. Pero lo hacen porque Epimeteo, su hermano gemelo, pecó de omisión. En su aventura de dar los dones a los seres de la naturaleza se olvidó del hombre a quien dejó desnudo y desarmado, y esa doble condición precaria será la que alimentará de manera secreta la peculiar situación de su humanidad, siempre marcada por la “conciencia de su fugacidad”.
(toque aquí si quiere leer toda la ponencia..., no recomendable, pero es opcional)

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