Los Viveros de Coyoacán


Hoy, hace casi tres semanas, que empecé a caminar por Los Viveros de Coyoacán. Muchos podrían decir que esto no tiene ninguna relevancia, pero para mi sí. La tiene y mucho porque apenas los conocí. Había pasado muchas veces, cientos por fuera de ellos, por distintos lados, incluso había comprado ahí plantas, pero jamás había puesto un pie dentro de Los Viveros. Fue tan extraordinario, como si se hubiera desatado la semejanza de lo indecible o resto de un grito que nos habla de lugares no vistos, de paisajes salidos de la memoria más antigua. Los árboles, siempre han estado con nosotros, se abren paso por todos lados y conmueve ver cómo es que a pesar de que no tenemos cultura para protegerlos, aún los pequeños troncos que quedan luego de los destrozos les brotan retoños, hay otros que se ven saludables y también los retoños brotan por todos lados, sin ton ni son, sin ritmo ni geometría, sólo la vida, la vida brutal, la vida a secas, la vida que resurge y se mantiene. Los árboles que estallan por todos lados altos, altos, altos, como algunos ahuehuetes que todavía se dejan ver agobiados por los años o los liquidambares que tenía mucho tiempo de no verlos. Liquidambar, qué hermosa palabra. Los recuerdo perfectamente porque mi abuelo me enseñó a reconocerlos, a él le gustaba también la palabra, decía que eran líquidos, que eran agua hechizada de árbol y por eso su nombre aún evocaba el hechizo. Cuando era niño me gustaban esas historias, había una complicidad que me hacía creer en lo que mi abuelo me narraba. Entrar a Los Viveros es abrir una puerta de olores y recuerdos, los cientos de matorrales, árboles (supongo) u otras plantas, las palmeras, los caminos dibujados, los senderos que se abren y llevan a otros senderos, todo queda de lado, al margen, nada importa, sólo se está ahí en complicidad con las ardillas, y un gato negro con blanco, pequeño, como de 1 año de vida que sale al paso cuando los corredores o caminantes van. Pero hay algo que me asombra más todavía y son esos olores, ese aroma que sube a la cabeza y nos inunda de recuerdos porque hay distintos olores, a acacias, a ollamel, a roble, y a eucalipto. Ahora con las pocas lluvias que empiezan a caer, el eucalipto deja caer sus pequeños sombreritos, como si fueran trozos de sí, y recuerdo cuando de pequeño iba a la UNAM a jugar, y recuerdo mis eternas colecciones de sombreritos de eucaliptos que se me perdían al día siguiente, y pienso en todo lo que se iba con ellos, cuando se quedaban olvidados en mis juegos infantiles, en la calle, en otros instantes que conformaron mi existencia. Tengo dos días oliendo el Eucalipto, y me siento tan lleno de mi, de mis recuerdos que parecían olvidados ya para siempre. Caminar en Los Viveros es recordar, es abrir un espacio de luz en medio de las sombras.

2 comentarios:

Raquel Ladrón de Guevara dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Raquel Ladrón de Guevara dijo...

Yo soy de un lugar donde los liquidámbares crecen muy altos y creo que les gusta porque se quedan mucho tiempo. Viveros es una especie de pasadizo para mí por el cual puedo volver por momentos a ese lugar donde crecí y me hizo pensar muchos años que en todas partes los liquidámbares se quedaban mucho tiempo, ahora se que las cosas son diferentes.

A veces cuando veo personas podando o tirando árboles me pregunto porqué no nos damos cuenta de que somos nosotros quienes les estorbamos a ellos y deberíamos tratar de importunarlos lo menos posible.

En lo personal, los árboles son los seres más estables y seguros que conozco, a menos de que alguien se interponga en nuestro reencuentro, estoy segura de que puedo volver al parque donde paseaba de pequeña y encontrar los mismos acompañantes, eso le da a uno la sensación de que al menos algo de lo que hemos conocido permanece.